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¿Cómo es vivir en Coatzacoalcos?

Por Jaime Sandoval

Me lo preguntan familiares y amigos de otros estados y del extranjero. No alcanzan a comprender el desasosiego que percibimos quienes habitamos el otrora pacífico Puerto México. Se los voy a comentar brevemente:

Vivir en Coatzacoalcos es sentir sobresaltos y ponerte alerta cuando escuchas un acelerón y un chirrido de llantas; es salir a la tienda de la esquina, a la escuela, al trabajo o a la panadería usando toda la capacidad de tu vista periférica.

Vivir en Coatzacoalcos es desconfiar de tus amigos, vecinos, conocidos; es mirar con recelo al que entrega los recibos del agua e incluso de la luz; nadie escapa al escrutinio, al escaneo visual casi paranoico.

Hasta cuando haces cola en el super o en el cine estás con el ojo pelón y la adrenalina al tope. Si bien era costumbre salir en las tardes con la familia o los amigos al majestuoso (aunque sucio y descuidado) malecón costero donde te sentabas a contemplar el aterdecer, disfrutar la brisa marina y disfrutar el paisaje de Santa Martha y San Martín en pleno ocaso.

Un coco frío, un raspado o un esquite; helados, coctelitos de camarón o ceviche; hoy es de pensarse, los mismos vendedores aseveran que sus ventas se han ido a pique en más de un 50%; las bajas ventas y el pago de “piso” dan al traste con tan tradicional paseo.

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Vivir en Coatzacoalcos es percibir la indefensión y fragilidad de tu integridad física y la de tu familia; es entender que estás a merced de bandas criminales de toda ralea que actúan sin el menor asomo de piedad; es SABER que en cualquier momento de toca a tí y a tus seres queridos; es comprender que NO HAY NADIE quien meta las manos para defenderte en caso de que lleguen a tu casa o negocio para secuestrarte.

Todo mundo sabe de la complicidad existente entre autoridades de los tres niveles y las bandas criminales, para nadie es un secreto que operan en perfecta armonía.

Hoy, vivir en la ciudad y puerto internacional de Coatzacoalcos es enfrentar diariamente el desorden vial, la basura hedionda por toda la ciudad, los baches y las aguas pútridas que por semanas (y meses) adornan las afueras de los mercados públicos; todos los días tienes que soportar las gandalleces de los agentes de tránsito y los policías; tienes la necesidad de lidiar con taxistas, urbaneros y particulares que manejan imprudentemente y son sumamente agresivos. Sin contar con el desmadre que hay en las banquetas invadidas por vendedores de toda índole.

A diario las noticias son atroces, sanguinarias; a diario se ven descabezados, descuartizados, levantones, secuestros, asaltos, robos… Y muy rara vez, casi nunca hay detenidos. Y si los hay te enteras que por “errores en la integración de la carpeta o en el proceso de detención” los criminales salen libres casi de inmediato; es más, los delitos que eran considerados graves hoy dejaron de serlo gracias a las reformas judiciales.

Pero lo más atroz que enfrentamos quienes vivimos en Coatzacoalcos es la indolencia de las “autoridades” encargadas de garantizarnos servicios de calidad y sobre todo, seguridad. Han fallado rotundamente en sus obligaciones, sin embargo, se han aplicado en amasar cuantiosas y obscenas fortunas… ahí los ve usted paseando despreocupadamente en lujosas camionetotas y comiendo en lugares caros y elegantes incluso en horas laborales, les vale madres el pueblo. Esos son los que andaban cargando bebés sucios, besando ancianitos y haciendo payasadas mientras buscaban el voto… ¿Recuerdan las caras de preocupación que lucían y la inmensa “piedad” al besar un niño moquiento y desgreñado? Ahí los tiene usted, ELLOS SÍ VIVEN PLÁCIDAMENTE, respaldados en sus guaruras (aunque dicen que no los tienen, son muy notorios); hay un regidor chaparrito, feíto él, con complejos faraónicos que se hace acompañar de un séquito que envidiaría cualquier priísta de la vieja escuela; es la síntesis de todo aquello que NO DEBE hacer un servidor público: puede ser legal, pero es inmoral.
Vivir en Coatzacoalcos, amigos míos, es una muestra de solidaridad con la ciudad que en su momento nos dio todo; muchos llegamos por uno o dos años y aquí nos quedamos por décadas, aquí nacieron nuestros hijos, aquí viven nuestros amigos, aquí desempeñamos nuestras diarias actividades.

Yo me quedo en esta ciudad hoy triste, insegura y sucia; me quedo porque quiero hacer algo por ella en compensación por haberme recibido con tanto cariño y generosidad. Me quedo porque tengo la firme esperanza de volver a llevar esa vida tranquila, bullanguera y productiva del viejo Coatzacoalcos que yo conocí. Somos más quienes queremos que restablezca la paz y el orden en nuestra ciudad… Todo llega a su tiempo y en su justo momento.

¡Yo me quedo a vivir en Coatzacoalcos!

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